Después de la dificultad llega la facilidad

leña y cielo

El hombre salió a buscar leña, la cortó con sus propias manos y la vendió.

Había un hombre que se encontraba en extrema dificultad y necesidad.

Reflexionando sobre su pasado cargado de penas, recordaba los días amargos y llenos de aflicción que había pasado, en los que ni siquiera podía asegurar la subsistencia diaria a su esposa e hijos. Y meditaba sobre la manera en que esta corta frase, nada más que una frase, le vino al oído en tres ocasiones, le fortaleció el espíritu y cambió el curso de su existencia, salvándole a él y a su familia de la pobreza y de la miseria que les abrumaba.

Era uno de los compañeros del Profeta (la paz sea con él) y la pobreza y la indigencia habían hecho presa en él. Sintiéndose desesperado, finalmente, un día decidió, tras haber consultado con su mujer y aconsejado por ésta, ir a exponer su situación al Profeta Muhammad y pedirle ayuda económica.

Salió pues con esta intención. Pero no había presentado todavía su petición cuando la siguiente frase le llegó al oído:
“Ayudamos a quienquiera que nos pida ayuda, pero Dios eliminará la necesidad de quien disimule la dificultad y se abstenga de tender la mano ante una criatura”.
Volvió a su casa aquel día sin haber dicho una palabra y se encontró de nuevo cara a cara con la silueta de la pobreza planeando sobre su casa. Al día siguiente, decidido, se dirigió con la misma intención de entrevistarse con el Profeta, de boca de quien escuchó de nuevo la misma frase:
“Ayudamos a quienquiera que nos pida ayuda, pero Dios eliminará la necesidad de quien disimule la dificultad y se abstenga de tender la mano ante una criatura…”.
Volvió a su casa otra vez sin haber manifestado todavía su petición. Viéndose así siempre entre las garras de la pobreza, débil, miserable e impotente, se dirigió por tercera vez y con la misma intención al Profeta, éste movió de nuevo los labios repitiendo la misma frase en el mismo tono que daba vigor al corazón y certeza al espíritu.

El hombre notó entonces, al escuchar esta frase, certeza en su corazón y sintió que aquello significaba la llave de su problema. Salió andando con un paso más seguro, diciéndose: “No iré jamás en busca de la ayuda y de la asistencia de las criaturas. Me apoyaré en Dios y recurriré a la energía y a las capacidades que han sido depositadas en mi ser. Le pido a Él que me conceda el éxito en aquello que emprenda y me preserve de la necesidad. ¿Qué labor soy capaz de llevar a cabo?” -se preguntó.

Le pareció que por el momento era capaz de ir al bosque y recoger leña como combustible y llevarla a vender. Tomó prestada un hacha y se dirigió al bosque. Recogió leña y la vendió, saboreando el placer del producto de su trabajo. Continuó su trabajo durante los días siguientes hasta que pudo procurarse con el dinero poco a poco, ganado, una bestia de carga, un hacha y otros instrumentos de trabajo. Perseveró así en su labor hasta proveerse de un capital y de esclavos.

Después de esto el Profeta Muhammad vino un día y le dijo, con una sonrisa:

– ¿No te lo había dicho? Ayudamos a quien quiera que nos lo pida, pero Dios…

Allah es el Generoso, el Más Generoso. Nosotros hemos recibido mucho, muchísimo, pero no siempre sabemos ver la bendición que tenemos. Se nos ha dado esta vida como una “amana” (dejar propiedades, bienes o personas al cuidado de una persona en la que confiamos). Es nuestra obligación cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente, usarlos de la mejor manera posible para poder rendir cuentas en el Día del Juicio Final. Muchas veces pasamos por momentos difíciles, y decimos “es una prueba, debemos ser pacientes, Allah está con los pacientes”. Sí, es una prueba de paciencia, y también una prueba para poner todas nuestras capacidades en marcha e intentar salir airosos de las dificultades. No debemos rendirnos, ni dejarnos llevar. Allah ayuda a los que se ayudan.

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