El papel del ser humano en la existencia

Papel hombre mundo

Mediante el uso del intelecto debemos llegar a la conclusión de que lo que es verdad para todo el universo tiene que serlo también para nosotros

El papel del hombre en la existencia

Nuestro papel como seres humanos en este mundo es, según hemos dicho en artículos anteriores, poder elegir entre reconocer, someternos y desempeñar nuestro papel en el sostenimiento del orden y el equilibrio natural del universo o ir en su contra y corromperlo.

Esto significa que hay una gran diferencia entre los seres humanos y las demás formas de la existencia. El resto de las criaturas cumplen perfectamente con su cometido, conscientes de lo limitado de su función y de su propio entorno. Esto se aplica desde la vida mineral más densa a la forma de vida animal más elevada, desde la partícula más minúscula a la mayor de las masas. Entre el hombre y el resto de los animales hay un salto tan inmenso como el que existe entre los animales y la vida vegetal o incluso mayor. Esto se debe a que la especie humana es capaz de hablar, somos las criaturas del lenguaje.

La forma del ser humano está preparada para hablar

La forma del ser humano está preparada para hablar, del mismo modo que la del pájaro lo está para volar o la del pez para nadar. La investigación moderna ha demostrado que el lenguaje no es algo que se adquiere sino que, la capacidad lingüística, es genéticamente inherente al niño y surge de forma gradual. Esta capacidad lingüística innata, este poder de nombrar, de describir, de dar expresión a la percepción intelectual es lo que otorga a la especie humana la supremacía sobre el resto de las criaturas. Las demás criaturas son externas y su función también lo es. El lenguaje es una capacidad interior que nos da interioridad y la posibilidad de reflexionar, de concentrarse y de poseer una consciencia interior que no posee ninguna otra criatura.

El lenguaje nos da también la facultad, y al mismo tiempo demuestra nuestra capacidad, de conocer, no sólo nuestro entorno, sino también la totalidad de la existencia. Gracias a nuestra aptitud para el lenguaje, somos capaces de leer el universo, ver nuestra propia interioridad y saber que somos una parte inseparable del orden universal y del equilibrio que nos rodea. Podemos reflexionar sobre la característica esencial de nuestra naturaleza y, al hacerlo, llegar a la conclusión inevitable de que todos los fenómenos manifiestan una realidad única, que todos los elementos dispares, y sin embargo conectados y equilibrados, que forman el universo, son claras indicaciones que apuntan a una fuente única de la que todo emana y a la que todo ha de volver.

Excepto en el caso del ser humano, es bastante evidente que todo está sometido, de forma inconsciente e involuntaria y siendo simplemente lo que es, al orden universal presente en la existencia o, podría decirse por extensión, a la Realidad Divina que ésta indica. Del mismo modo, cada cosa que en su forma única y particular contribuye a mantener el equilibrio, es una indicación de su Creador/Fuente, de la misma manera que un artilugio determinado indica la persona que lo hizo. Esta actividad de participación y sumisión en el desarrollo de la existencia, este reconocimiento, por muy inconsciente que sea, de la fuente/origen de la existencia, es lo que constituye la verdadera adoración.

La adoración es orgánica

En este punto es necesario desechar cualquier concepto previo que conecte la adoración con la ‘religión’. La adoración es orgánica, inevitable. En una parte integral de la existencia. Al realizar la función natural para la que está perfectamente adaptada, cada criatura está ejecutando al mismo tiempo un acto de adoración y representando su papel a la hora de manifestar e indicar la Realidad Unica. Todo lo que hay en la existencia, a pesar de sus formas y actividades diferentes, comparten esta misma cosa. Este es el denominador común de la existencia. Este es el propósito idéntico.

Volvamos ahora a la especie humana, a nosotros mismos. Mediante el uso del intelecto debemos llegar a la siguiente conclusión: lo que es verdad para todo el universo tiene que serlo también para nosotros, puesto que somos parte inseparable de todo el conjunto. Del mismo modo que la función básica de todo lo que existe es la adoración inconsciente, la adoración tiene que ser también el eje central de nuestra existencia y además, en nuestro caso, debe ser consciente.

Mientras que todo lo demás reconoce externamente a su Creador mediante la sumisión inconsciente y natural a la forma de ser las cosas, nosotros, gracias a nuestra facultad de articulación, tenemos la capacidad de la sumisión externa y de la consciencia interna, ante esa realidad única. Este es nuestro propósito, la razón por la que estamos aquí y es también lo que define nuestra forma exterior: avenirnos externamente a los límites naturales que nos han sido impuestos con la forma que se nos ha dado y la realización interna de la capacidad de descifrar lo que vemos a nuestro alrededor para aceptar la existencia tal y como es: una efusión generosa y compasiva, la manifestación de la esencia del Dios Único, el Señor de los cielos y de la tierra y de todo lo que existe entre ambos.

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