La forma natural del ser humano y la formación del yo.

humano bosque

El ser humano recién nacido es un recipiente para el renacimiento de la energía vital en su forma más cruda

El niño recién nacido es una manifestación de la pureza más absoluta. Todo el que haya estado presente en un parto no hay duda que lo admite. El recién nacido es un recipiente para el renacimiento de la energía vital en su forma más cruda, sin adulteración ni diferenciación. No obstante, este recipiente tiene una forma determinada y aparece en un entorno específico. El niño tiene un código genético que le confiere una forma física y un temperamento particular y cada niño llega a un entorno cuya naturaleza física y emocional son también específicas. Estas circunstancias, sumadas a la serie de acontecimientos que ocurrirán durante sus primeros años, darán como resultado la individualización del nuevo niño. Se combinan para que el niño, de forma propia y exclusiva, comience a sentirse separado de su entorno. Algunos reciben afirmación y satisfacción y, en consecuencia, ven el mundo como un lugar seguro, cálido y acogedor; otros, por el contrario, reciben rechazo y negación y experimentan el mundo como algo hostil, ajeno y amenazador; y entre estos dos extremos hay millones de diferentes posibilidades y variaciones para cada recién nacido. Por otro lado, los diferentes tipos de situaciones humanas a los que se enfrenta el niño son bastante limitadas y predecibles, del mismo modo que su temperamento específico es de un tipo determinado; el resultado final es único, pero al mismo tiempo pertenece a una categoría claramente reconocible. Es similar al caso de dos individuos que, a pesar de no enfermar de la misma manera, sufren una dolencia que puede diagnosticarse.

En un momento dado, alrededor de los dos años de edad, una imagen compuesta por los elementos mencionados anteriormente, toma una forma más o menos definida y el niño dice: “¡Esto soy yo!” Pero la realidad es que este “yo” no es algo sólido, sino que cambia constantemente, a pesar de tener una forma que puede asumirse como la propia identidad. No obstante, es muy importante comprender que esta ‘identidad’ no tiene una existencia verdadera en el sentido absoluto de la palabra. Lo que ha ocurrido es que, tras un cierto periodo de tiempo y al estar expuesto a un entorno determinado, además de su propio código genético, la energía vital pura y la consciencia indiferenciada del recién nacido se han identificado de alguna manera con su cuerpo-recipiente convirtiéndose en algo limitado e individualizado.

Con el transcurso de los años el niño se hace una imagen de sí mismo, más o menos definida, a la que llama ‘yo’, olvidando así aquella energía vital pura, espontánea e indefinida que tenía al nacer. Esta asumida identidad es puramente accidental, configurada por circunstancias contingentes y por el paso del tiempo. Si su entorno hubiese sido diferente, el niño habría adoptado una forma diferente. La realidad verdadera del niño está basada en esa energía vital pura y la consciencia indiferenciada con la que empieza, y no la limitada y constreñida imagen de sí mismo que desarrolla más adelante. Esta primera imagen de uno mismo, construida de forma circunstancial e impuesta con arbitrariedad, se transforma en la base de todas las relaciones futuras que tendremos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Nos dicta el patrón de conducta de una vida que, a partir de ese momento, se entrega a la tarea de preservar y perpetuar la existencia de esta supuesta identidad con la que nos hemos asociado de forma indisoluble. Según nuestro punto de vista, eso es justo lo que somos. Y, sin embargo, si nos fijamos en un niño de dos años, veremos a un ser desenfrenado con un carácter sin pulir: terco, autocrático, exigente, fácilmente irritable, a veces destructivo, acaparador de la atención, extremadamente egoísta, en una palabra, ¡algo monstruoso!

En su forma desnuda este ‘yo’ no es admisible, pero con la experiencia aprendemos a negociar con la existencia. Pronto descubrimos hasta qué punto podemos conseguir lo que queremos, lo que necesita afinarse, lo que podemos decir y lo que debemos callar, lo que produce las reacciones deseadas y así sucesivamente. Dicho con otras palabras: intentamos encontrar un equilibrio entre ese material tosco que es la supuesta imagen de nosotros mismos a la que hemos dado realidad absoluta, y los obstáculos del entorno social que nos rodea donde la expresión ilimitada del ‘yo’ no es permisible ni tampoco posible. El resultado es que la imagen original de nosotros mismos se va cubriendo con una capa tras otra según las exigencias de las situaciones que vivimos. Pero nuestras vidas siguen siendo la interpretación de aquel primer patrón, de forma cada vez más refinada y en un escenario cada vez más amplio.

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