Judas es quien fue crucificado, no Jesús

Contado por Bernabé

Judas

Llevaron a Judas, creyendo que era Jesús, al Monte Calvario y allí lo crucificaron.

La única manera de que pudiera mantenerse una historia oficial de la vida de Jesús bajo el poder romano, sería que no contuviese agravio alguno en contra de los invasores, bien sea omitiendo, disfrazando o incluso cambiando los detalles susceptibles de ofensa ante la autoridad extranjera.
Otra posible explicación es la que mantiene una tradición que asegura que Pilatos fue «comprado» mediante un soborno importante. Si es verdad lo que se describe en los Evangelios, es obvio que Pilatos tenía un interés personal en el drama representado ese día en Jerusalén.

Hay otro hecho interesante que es necesario resaltar: En los calendarios santorales de la Iglesia Copta, tanto en Egipto como en Etiopía, Pilatos y su esposa aparecen como «santos». Esto sólo puede tener sentido si aceptamos que Pilatos, sabiendo de sobra que sus soldados habían detenido a la persona equivocada, condenó a Judas a sabiendas dejando que Jesús se salvara.

Cómo Judas traicionó a Jesús, según el evangelio de Bernabé

En la descripción proporcionada por Bernabé se nos cuenta que, en el momento de la detención, ocurrida después de la Última Cena -que según Bernabé tuvo lugar «en la casa de Nicodemo junto al arroyo Cedrón» a las afueras de Jerusalén- Judas fue transformado por el Creador de forma que no sólo sus enemigos, sino que incluso su madre y sus amigos más cercanos, lo tomaron por Jesús:

«Saliendo de la casa, Jesús se retiró al jardín para rezar según su costumbre, inclinándose y postrándose cien veces. Al saber Judas el lugar en el que Jesús estaba con sus discípulos, se dirigió al sumo sacerdote y le dijo: ‘Si me das lo prometido, esta noche te entregaré al Jesús que buscas ya que está solo con once de sus discípulos». El sumo sacerdote preguntó: ‘¿Cuánto quieres?’ Judas contestó: ‘Treinta piezas de oro’. Sin más dilación el sumo sacerdote le dio el dinero y envió un fariseo al gobernador y a Herodes para traer soldados; éstos mandaron una legión porque temían a la gente. Tomaron las armas y con antorchas y fanales salieron de Jerusalén. Cuando los soldados acompañados por Judas llegaron cerca del lugar donde se encontraba Jesús, éste oyó cómo se acercaba una gran multitud y volvió a la casa. Los once discípulos estaban durmiendo.
Y entonces Dios al ver el peligro que corría su esclavo envió a (los ángeles) Gabriel, Miguel, Rafael y Uriel, Sus embajadores, para que sacaran a Jesús del mundo. Los sagrados ángeles vinieron y sacaron a Jesús por la ventana que da hacia el Sur. Y desnudándolo, lo colocaron en el tercer cielo en la compañía de los ángeles que alaban a Dios constantemente. Judas se adelantó a los demás y entró impetuosamente en la habitación de la que Jesús había sido evacuado. Y los discípulos estaban durmiendo. Entonces Dios actuó de manera asombrosa. Judas sufrió una transformación asemejándose de tal manera en su rostro y forma de hablar a Jesús, que creímos que era el mismo Jesús. Judas nos había despertado y nos preguntaba dónde estaba Jesús. Nosotros maravillándonos dijimos: ‘Tú, señor, eres nuestro maestro, ¿acaso nos has olvidado’? Judas sonriendo dijo: ‘¿Os habéis vuelto locos; no veis que soy Judas Iscariote’? Al finalizar estas palabras, los soldados entraron y al ver que se parecía en todo a Jesús, lo apresaron. Nosotros, al oír las palabras de Judas y ver la multitud de soldados, huimos a toda prisa. Y Juan que estaba dormido cubierto por una sábana de lino, despertó y comenzó a huir. Un soldado agarró la sábana y Juan se desembarazó de ella corriendo desnudo. Dios había oído la súplica de Jesús y salvó a los once de todo mal. Los soldados apresaron a Judas y lo ataron entre bromas, puesto que éste seguía negando que era Jesús. Los soldados, burlándose de él dijeron: ‘señor, no temáis. Hemos venido a proclamaros Rey de Israel y os atamos porque sabemos que rechazáis el reinado’. Judas contestó: ‘¡Os habéis vuelto locos! Habéis venido a detener a Jesús de Nazaret con armas y antorchas como (si fuera) un ladrón; y en vez de eso, me habéis atado a mí, que os he guiado, y queréis nombrarme rey’! Los soldados perdieron la paciencia y con golpes y patadas condujeron con rabia a Judas hacia Jerusalén. Juan y Pedro siguieron a los soldados desde lejos. Y cuentan a quien esto escribe, que presenciaron el examen que hicieron a Judas el sumo sacerdote y el concilio de los fariseos que estaban reunidos para matar a Jesús. Mientras tanto Judas dijo muchas locuras hasta el punto de que todos los presentes se desternillaban de risa puesto que creían que él era realmente Jesús y que por temor a la muerte quería hacerse pasar por loco. Los escribas pusieron una venda sobre sus ojos y burlándose dijeron: ‘Jesús, profeta de los Nazarenos’, puesto que así llamaban a los que creían en Jesús, ‘dinos, ¿quién te ha abofeteado’? Y riéndose le daban bofetadas y le escupían en la cara. Cuando llegó la mañana se reunió el gran consejo de ancianos y escribas del pueblo. Y el sumo sacerdote junto con los fariseos presentaron testigos falsos para acusar a Judas, a quien creían Jesús. Pero no encontraron lo que buscaban. ¿Y por qué digo que los sacerdotes creían que Judas era Jesús? Pues sí, todos los discípulos y el que esto escribe también lo creíamos; y más aún, la pobre virgen madre de Jesús, junto con sus familiares y amigos, también lo creían. Hasta tal punto era así, que la pena que todos sentían era insufrible. Juro por el Dios Viviente que el que esto escribe había olvidado lo que Jesús dijo: que sería sacado de este mundo, que sufriría a través de una tercera persona y que no habría de morir hasta el fin del mundo. Y que iría con la madre de Jesús y con Juan a la cruz. El sumo sacerdote hizo traer atado a Judas ante él y le preguntó sobre sus discípulos y su doctrina. En sus respuestas, y como si diera prueba de su locura, Judas no hizo mas que divagar. El sumo sacerdote le hizo jurar por el Dios de Israel que confesara la verdad. Judas respondió: ‘Ya he dicho que soy Judas Iscariote, el que prometió entregarte a Jesús el Nazareno; y mientras tanto vosotros, por razones que desconozco, os habéis vuelto locos puesto que estáis convencidos de que yo soy Jesús’. A lo que contestó el sumo sacerdote: ‘Oh tú, perverso seductor. Has engañado con tus milagros y doctrinas a todo Israel, desde Galilea hasta Jerusalén; ¿y acaso piensas que puedes librarte del castigo que mereces fingiendo estar loco? ¡Juro por Dios que no escaparás’! Y dicho esto, mandó a sus sirvientes que golpearan y abofetearan a Judas para hacerle entrar en razón. Las burlas que Judas tuvo que sufrir a manos de los criados del sumo sacerdote son imposibles de creer. Como querían ganarse las simpatías del Consejo inventaron todo tipo de chanzas. Lo vistieron de bufón, y tantas bofetadas y patadas le dieron, que incluso los mismos Cananitas se habrían apiadado de él. Pero era tal la animosidad de los sacerdotes, los fariseos y los más ancianos contra Jesús, que el espectáculo los llenaba de placer.
Luego lo llevaron ante el gobernador de la ciudad, que por cierto amaba a Jesús en secreto. El gobernador, creyendo que Judas era Jesús, lo hizo entrar en sus habitaciones y comenzó a preguntarle la razón de todo lo ocurrido. Judas contestó: ‘Si os digo la verdad no me habéis de creer; lo más probable es que seáis víctima del engaño, igual que los sacerdotes y los fariseos también lo han sido’. El gobernador habló a continuación (creyendo que la cuestión era un asunto de Ley): ‘¿acaso no sabes que yo no soy judío’? Pero los sacerdotes y los ancianos te han entregado a mí; dime pues la verdad para que pueda ser justo contigo. Puesto que tengo el poder de dejarte en libertad o condenarte a muerte’.
Judas contestó: ‘Señor creedme; sí me condenáis cometeríais un gran error pues mataríais a una persona inocente. Yo soy Judas Iscariote y no Jesús que es un hechicero que con su magia me ha trasformado’. Al oír estas palabras el gobernador no pudo menos que asombrarse e intentó dejarle libre. Salió de la habitación y sonriendo dijo: ‘Visto de una manera, este hombre no merece la muerte sino la compasión. Dice que no es Jesús sino un tal Judas que guió a los soldados con el fin de apresar a Jesús y que ha sido Jesús el Galileo quien con su magia lo ha transformado. En consecuencia, si esto es verdad, sería un gran error matarlo puesto que es inocente. Por otro lado, si realmente es Jesús pero insiste en negarlo, no cabe duda de que ha perdido el juicio y sería deshonesto matar a un loco’. Entonces los sacerdotes y los ancianos, junto con los escribas y los fariseos, gritaron: ‘Él es Jesús de Nazaret, nosotros lo conocemos; si no fuera así no lo habríamos puesto en tus manos. Ni tampoco está loco, sino que es un perverso, ya que con esta argucia intenta librarse de vuestras manos; pero si logra escapar, la sedición que causaría sería aún peor que la anterior. Pilatos (puesto que tal era el nombre del gobernador) a fin de desembarazarse del caso dijo: ‘Es de Galilea y Herodes es el rey de esa zona. No me incumbe a mí juzgarlo, llevadle ante Herodes’. Así lo hicieron. Herodes había deseado durante mucho tiempo que Jesús fuera a su casa. Jesús nunca había querido ir puesto que Herodes era un gentil que adoraba los dioses falsos e impuros y en su vida seguía las normas impuras de los gentiles. Cuando presentaron a Judas ante él, Herodes le hizo muchas preguntas a las que Judas contestó con evasivas negando siempre que él fuera Jesús. Herodes y toda la corte se burlaron, y vistiéndolo de blanco, como se viste a los locos, lo enviaron de nuevo a Pilatos diciendo: ‘¡Haz justicia al pueblo de Israel’! Herodes puso esto por escrito, puesto que los sacerdotes y los fariseos le habían dado una gran cantidad de dinero. El gobernador se enteró de ello por un criado de Herodes y a fin de obtener también él algún dinero, fingió querer poner a Judas en libertad. Pero antes ordenó azotarlo por sus criados que estaban pagados por los escribas para que lo matasen a latigazos. Pero Dios, que había ya decretado el asunto, reservaba a Judas para la cruz a fin de que así sufriera la horrible muerte a la que había intentado enviar a otro. Dios no quiso que Judas muriera a causa de los latigazos a pesar de que los soldados lo azotaron hasta el punto de que su cuerpo chorreaba sangre. Luego, para burlarse todavía más, lo cubrieron con una vieja túnica de color morado y dijeron: ‘Nuestro nuevo rey merece ser vestido y coronado’. Y tomando una mata de espinos hicieron una corona similar a las que de oro y piedras preciosas llevan los reyes en sus cabezas. Colocaron la corona de espinos en la cabeza de Judas y poniendo en su mano una caña como cetro le hicieron sentarse en una posición elevada. Y los soldados se presentaban ante él, haciendo reverencias y saludos como si fuera el Rey de los judíos. Y extendían las manos para recibir regalos, como es la costumbre de los nuevos reyes. Al no recibir nada, golpeaban a Judas y decían: ‘¿Cómo es que te coronan, rey loco, si no pagas a tus soldados ni criados’? Cuando los sacerdotes y los fariseos vieron que Judas no había muerto a causa de los latigazos, y temiendo que Pilatos lo pusiera en libertad, dieron una suma de dinero al gobernador que, al recibirla entregó a Judas a los escribas y fariseos declarándolo culpable y condenándolo a muerte. Junto con él, condenaron a dos ladrones a la muerte en la cruz. Fueron llevados al Monte Calvario, lugar donde se ahorcaba a los malhechores y allí lo crucificaron desnudo para mayor ignominia. Y en verdad que lo único que Judas decía era: ‘Dios, ¿por qué me has abandonado y dejas que el malhechor escape y yo muera injustamente? Y en verdad yo digo que la voz, el rostro y la persona entera de Judas eran tan similares a la de Jesús que los discípulos y los creyentes pensaron que era él. Hasta tal punto fue así, que algunos abandonaron la doctrina de Jesús creyendo que Jesús había sido un falso profeta y que los milagros que había hecho se debían a la magia. Jesús había dicho que él no iba a morir hasta que estuviera cerca el fin del mundo y que en estos momentos presentes, sería sacado del mundo. Pero a pesar de la pena sufrida por los que se mantenían firmes en la doctrina de Jesús, al ver que moría alguien que era exactamente igual a él, recordaron ahora las palabras que había dicho Jesús. Y acompañando a la madre de Jesús fueron al Monte Calvario y no sólo estuvieron presentes en la muerte de Judas, llorando sin cesar, sino que gracias a Nicodemo y a José de Arimatea lograron obtener permiso del gobernador para enterrar el cuerpo de Judas. Y así fue; bajaron el cuerpo de la cruz con tal llanto que, de seguro, nadie querrá creerlo, y tras ungirlo con cien libras de preciosos ungüentos lo enterraron en el sepulcro nuevo de José. Luego cada uno volvió a su casa. El que esto escribe, acompañado de Juan y su hermano Santiago, fueron con la madre de Jesús de Nazaret.
Los discípulos que no temían a Dios fueron por la noche al sepulcro, robaron el cuerpo de Judas y lo escondieron, propagando al mismo tiempo el rumor de que Jesús había resucitado; ello dio lugar a una gran confusión. El sumo sacerdote ordenó entonces, bajo pena de excomunión, que nadie hablara de Jesús de Nazaret. Y de esta manera comenzó una terrible persecución en la que muchos fueron lapidados y azotados y otros desterrados al no poder permanecer callados con respecto a este asunto«.

(El Evangelio de Bernabé: 214-218).

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