Los profetas Zacarías y Juan (1/3)

Parte 1 de 3

Zacarías templo

El Profeta Zacarías asignó a María una habitación que llamaba mihrab en el templo.

El contexto histórico

Era una época muy interesante. Miles de doctrinas opuestas luchaban entre sí, el bien y el mal caminaban juntos. Mientras la fe en Dios rodeaba el templo de Jerusalén como un halo de luz, la mentira y la fraudulencia estaban de moda en las tiendas cerca del templo.
La eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira seguía sin cesar. El Profeta Zacarías vivió en esa época.
La descendencia de los padres del Profeta Zacarías se remontaba a los Profetas David y Abraham (la paz y las bendiciones estén con ellos). Era de los últimos de la cadena de los Profetas enviados a los israelitas. Enseñaba el camino recto y predicaba la palabra de Dios en el gran templo de Jerusalén.
Era un Profeta que había asistido a lecciones de ciencias divinas. Tenía un pariente con virtudes teológicas que se llamaba Imran. Imran, que era un imán que hacía celebrar las oraciones en la mezquita, no pudo tener hijos por muchos años. La esposa de Imran y la esposa del Profeta Zacarías eran hermanas.

El deseo de la mujer de Imran por tener un hijo

Un día, por la mañana, cuando la esposa de Imran estaba dándole de comer a los pájaros, empezó a mirar a un nido entre las ramas de un árbol. En el nido, un pájaro intentaba dar de comer a su polluelo. Esa situación le conmovió mucho porque ella no había podido tener un hijo, aunque había envejecido mucho. Sintió compasión y deseó tener un hijo. Abrió las manos sinceramente y suplicó a Dios que le diera un niño.
En ese momento, las puertas del cielo estaban abiertas y Dios aceptó su deseo. El día que ella comprendió que estaba embarazada, se puso muy contenta. Era una mujer que había dedicado su vida a Dios. Abrió las manos y dio gracias a Dios: “¡Señor Mío! El niño que llevo en el vientre está dedicado a Ti. Servirá a Tu recto camino. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe”.
Es decir, el niño que naciera viviría, rezaría y serviría en el templo. En esos tiempos, solamente se podían dedicar los chicos a los servicios religiosos. Nunca dedicaron las chicas al servicio del templo. Esos chicos servían y aprendían ciencias religiosas en el templo hasta que tuvieran un trabajo y si quisieran podían seguir su servicio allí.

La esposa de Imran dio a luz a una niña

Llegó la hora del nacimiento. Sin embargo, no fue como se esperaba. La esposa de Imran dio a luz a una niña. Estaba sorprendida porque esperaba a un hijo que dedicaría a la veneración de Dios y serviría en el templo. A pesar de eso, decidió ser fiel a su promesa y suplicó a Dios así: “¡Señor Mío! Parí una niña y un varón no es igual que una hembra en los servicios del templo. Le he puesto el nombre de María”.
Sus plegarias fueron escuchadas por Dios pues Él es el Omnisciente, Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe y escucha a los que susurramos, a los que hablamos y a los que pensamos. Es obvio que Dios sabía bien a quien había dado a luz. Dios decide crear una niña o un niño. La esposa de Imran suplicó que Dios protegiera su hija y la descendencia de ella contra las maldades del Satanás.
Dios aceptó sus deseos y crió a María a manera perfecta porque la sabiduría divina quiso que Ella fuera la más Excelsa Mujer de la Historia de la humanidad. Jesús nacería como un milagro, así como el Profeta Adán había sido creado sin padres y era un milagro, Jesús nacería sin padre. Lo concebiría una madre inocente que nunca se había casado ni había tenido relación con un hombre.

La crianza de María, a cargo de Zacarías

Antes del nacimiento de María, se murió su padre. Cada uno de los sabios del templo quería proteger y criar a María que era la hija de un sabio como ellos y estaba dedicada al templo. Esa carga les honraría mucho. Sin embargo, ¿quién criaría a María? Zacarías dijo:
— Estoy dispuesto a responsabilizarme de criarla pues es sangre de mi sangre. Mi esposa es su tía. Además, yo soy el Profeta de esta nación.
Los sabios interrumpieron:
— ¿Por qué uno de nosotros no puede hacerlo? No podemos hacerte el honor de criarla. No nos contentamos con tu decisión.
Por fin, decidieron echar a suertes la tarea de criarla, si no empezaría una discusión sin fin. A quien cayera en suerte, criaría a María. Pusieron a María en el suelo y a su lado las plumas que usaban para escribir la Torá. Luego, trajeron un niño que no estaba enterado del suceso y dijeron que eligiera una de las plumas. El niño eligió la pluma de Zacarías. El Profeta Zacarías dijo:
— ¡Es el veredicto de Dios!
Los otros sabios dijeron:
— No. Tiraremos nuestras plumas al río. La de quien vaya contra la corriente, que él sea el vencedor.
Tiraron las plumas al río. Todas las plumas fueron llevadas por la corriente excepto la de Zacarías. Solamente la pluma de Zacarías fue contra la corriente. No les quedó más remedio que darle a María. Así, Zacarías, el Profeta de los israelitas, tuvo a su cargo esta bella criatura.
María se crió y llegó a la madurez. El Profeta Zacarías le asignó una habitación que llamaba mihrab en el templo. La mayoría del tiempo María lo pasaba allí. El mihrab era su pequeño mundo en el que rezaba y estaba sumida en profundos pensamientos. Cuando el Profeta Zacarías iba al mihrab para dar una lección y llevar comida a María, entonces veía diversas comidas allí. Zacarías había comprendido que esa niña no era normal y sería una buena sierva, obediente ante Dios. La habitación de María estaba llena de frutas del invierno en verano y frutas del verano en invierno. Cuando Zacarías preguntaba de dónde venían las frutas, María decía cada vez que eran de Dios. Eso se repitió muchas veces.

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