El profeta Noé 2/4

La súplica definitiva de Noé

Súplica dua Noé Nuh

Noé abrió las manos y pidió a Dios: «¡No dejes a ningún infiel vivo en la Tierra!»

La terquedad de los incrédulos

En el primer artículo sobre la vida del profeta Nuh, hablamos de cómo éste estuvo llamando a su gente a adorar al Creador durante mucho tiempo, pero sin éxito.

La lucha entre Noé y los incrédulos seguía de modo insistente. Señalaron éstos últimos:
— Como ves, no te creen sino los pobres y los vagabundos del pueblo.
Noé respondió:
— Ellos creen que Dios existe y es el Único, así tienen una categoría superior a los demás.
Entonces intentaron acordar un trato:
— Dices que eres un Profeta y quieres que te creamos, entonces tienes que expulsar de aquí a los pobres, los miserables y los vagabundos. Somos los señores del pueblo y somos superiores a los demás, nuestra riqueza nos otorga poder. Es imposible que estemos juntos en el mismo camino.

La paciencia de Noé

Noé escuchó largo y tendido a los que no le creían. Pero no se enojó con ellos y habló con tranquilidad. ¿Cómo podía rechazar a los creyentes sólo porque eran pobres, débiles y miserables? Ellos eran criaturas invitadas en la casa de Dios, que era un océano de misericordia. Él tiene piedad con quien quiere y nadie puede intervenir en Sus actos. La discusión verbal siguió horas y horas. Noé refutó las ideas que defendían los incrédulos: no pudieron decir nada más que fuera razonable. Entonces empezaron a insultar y amenazar a Noé, diciéndole:
— Eres un loco, dices tontería y estupideces.
Noé les respondió de manera educada:
— ¡Pueblo mío! No soy un loco ni digo tonterías. Soy el Mensajero de Dios que es el Señor del Universo. Mi misión es llamaros al recto camino, haceros recordar lo que habéis olvidado y aconsejaros el bien. Más aún, sé por intervención de Dios lo que vosotros no sabéis.

Noé los llamó durante meses, años… noche y día. En público y en privado, a veces más dulcemente y otras no tanto. Su objetivo era despertar sus cerebros entorpecidos e iluminar los corazones aletargados. Les mostró los fantásticos milagros del Cielo y la Tierra: la Luna, el Sol, las estrellas, los ríos y los mares. Contó que todo el Universo estaba lleno de las luces de los milagros divinos y eternos.

Noé era muy persuasivo, tenía el don de la palabra. Lograba convencer a todo aquel al que se dirigía. Los incrédulos no podían responderle porque decía la verdad. De todos modos, no querían obedecer a Dios y por eso empezaron a evitarlo para no encontrarse con él en cualquier lugar.

Cuando Noé les llamaba al recto camino hacían oídos sordos a sus palabras. No creyeron, ni tampoco querían creer.
Transcurrieron novecientos cincuenta años pero no cambió nada. No aumentó el número de los creyentes. Aunque la situación entristecía a Noé, siempre estaba lleno de esperanza. Llamó a su pueblo al recto camino sin cesar y ellos se obstinaron en no aceptarlo, fueron altivos e insolentes.

Noé estaba triste pero no desesperado puesto que un corazón creyente nunca cae en la desesperación. Habían pasado novecientos cincuenta años de su vida —quizás la vida humana era muy larga en la época anterior del Diluvio Universal o era un beneficio otorgado tan sólo a Noé— y no desistía en su intento.

El du’a definitivo que hizo el profeta Nuh

Por fin, Dios reveló a Noé que creerían los que ya creían y nadie más de su pueblo se uniría a ellos y que no se afligiera por eso. Entonces Noé abrió las manos y pidió a Dios: «¡No dejes a ningún infiel vivo en la Tierra!» (Surat Nuh).

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