¿Anunció Juan Bautista a Muhámmad? (2/2)

juan bautista

Puesto que solo en el Islam son todos los creyentes iguales, no hay ningún sacerdote, ningún sacramento; ningún musulmán alto como una colina o bajo como un valle

3. “La ira venidera”. ¿Alguna vez se ha encontrado con una interpretación sensata, prudente, y convincente de esta frase en cualquiera de los numerosos comentarios sobre los Evangelios? ¿Qué es lo que quiere decir Juan, o quiere dar a entender, con su expresión: “El hacha ya está establecida en la raíz del árbol”? ¿O su observación: “El bieldo está en su mano y limpiará completamente su era”? ¿O cuando reduce el título “Los niños de Abraham” a la nada?

No me detendré en los caprichos de los comentaristas, porque son detalles que ni Juan ni sus oyentes nunca hubieran soñado. ¿Podría Juan haber enseñado a los soberbios fariseos, y a los racionalistas Saduqees que negaban la resurrección corporal, que en el día del juicio final Jesus de Nazaret vertería sobre ellos la ira y los quemaría como árboles sin fruto o paja en el fuego del infierno? No hay una sola palabra en toda la literatura de las Escrituras acerca de la resurrección de los cuerpos o sobre el fuego del infierno. Estos escritos Talmudisticos están llenos de material escatológico muy similar a los de la Zardustis, pero no tienen un origen diferente a los libros canónicos.

El Profeta del arrepentimiento y de la buena nueva no habla de la ira remota e indefinida que sin duda espera a los incrédulos y a los impíos, sino de la catástrofe cercana y próxima de la nación judía. Amenazó con la ira de Dios que espera a la gente que persiste en sus pecados y en el rechazo de su misión y la de su compañero, Jesucristo. La calamidad venidera fue la destrucción de Jerusalén y la dispersión final de Israel, que tuvo lugar unos treinta años después, durante la vida de muchos de sus oyentes. Tanto Juan como Jesús anunciaron la venida del gran Apóstol de Allah, a quien el patriarca Jacobo había anunciado bajo el título de Shiloha, y a cuya llegada le serían quitados a los judíos todos los privilegios y autoridades profética y real; y, de hecho, tal fue el caso unos seis siglos más tarde, cuando sus últimos reductos en el Hiyaz fueron arrasadas y sus principados destruidos por Muhámmad. El poder cada vez más dominante de Roma en Siria y Palestina estaba amenazando la semi-autonomía de los Judíos, y ya había comenzado la corriente de emigración entre ellos. Y fue por esta razón que el pastor preguntó: “¿Quién te ha informado sobre huir de la ira venidera?”

Se les advirtió y exhortó sobre los buenos frutos y la buena cosecha conseguida por medio del arrepentimiento y la fe en los verdaderos mensajeros de Dios, especialmente en el caso de Muhámmad, que era el verdadero y el último Profeta.

4. Los Judíos y los cristianos siempre han criticado a Muhámmad por haber establecido la religión del Islam por la fuerza, la coerción y la espada. Los musulmanes modernistas siempre han tratado de refutar esta acusación. Pero esto no quiere decir que Muhammad nunca manejara la espada. Tuvo que utilizarla para preservar el nombre de Dios. Toda paciencia tiene sus límites, cada favor tiene un final. No es que la paciencia o el favor de Dios sea finito; con él todo está arreglado, definido y establecido. La oportunidad y el tiempo de gracia otorgada por Dios a los Judíos, a los árabes y a los gentiles se prolongó durante más de cuatro mil años. Fue sólo después de la expiración de este período cuando Allah envió a Su amado Muhámmad con el poder y la espada, con el fuego y el espíritu, para hacer frente a los incrédulos malvados, a los ingratos hijos de Abraham – tanto ismaelitas como Israelitas- y hacer frente al poder del Diablo de una vez por todas.

La totalidad del Antiguo Testamento es una historia de teocracia y de idolatría. De vez en cuando una pequeña chispa del Islam, es decir, la religión de Allah, brillaba en Jerusalén y en Meca; pero era perseguida por el poder del diablo. Las cuatro bestias diabólicas tuvieron que venir y pisotear al puñado de creyentes en Allah.

A continuación, vino Muhámmad para aplastar y matar a la serpiente venenosa y darle el título de oprobioso “Iblis” al “maldito” Satán. Ciertamente, Muhámmad fue un profeta que luchó, el objeto de su la lucha era la victoria, no la venganza, la derrota del enemigo y no su exterminio, y, en una palabra, luchó para establecer la religión del Islam como el Reino de Dios sobre la tierra. De hecho, cuando el pregonero gritaba en el desierto, en voz alta, “Preparad el camino del Señor, y enderezad sus senderos”, se refería a la religión del Señor en la forma de un reino que había ido marcando su hora. Siete siglos antes, el profeta Isaías había gritado y pronunciado las mismas palabras (Isa xl 1-4..); y un par de siglos más tarde Dios mismo preparó el camino para Cyrus elevando y allanando cada valle, y mediante la reducción de las colinas y montañas, con el fin de hacer que la conquista fuera fácil y rápida la marcha.

La historia se repite, dicen; la lengua y su significado es el mismo en ambos casos, siendo el primero un prototipo de este último. Allah había allanado el camino para Cyrus, sometiendo a sus enemigos al conquistador persa por Su casa en Jerusalén y Su pueblo escogido en el cautiverio. Ahora, de nuevo estaba repitiendo la misma providencia, pero a una escala más grande y más amplia. Ante el mensaje de Muhámmad, los ídolos y la falsedad desaparecieron; ante su espada los imperios se desplomaron; y los hijos del reino de Dios se hicieron iguales y formaron un “pueblo de los santos del Altísimo”.

En efecto, puesto que solo en el Islam son todos los creyentes iguales, no hay ningún sacerdote, ningún sacramento; ningún musulmán alto como una colina o bajo como un valle; y ninguna casta o distinción de raza y rango. Todos los creyentes son iguales, excepto en virtud y piedad, en la que pueden sobresalir entre ellos. Es la única, la religión del Islam, que no reconoce a ningún ser, grande y santo, como mediador absoluta entre Dios y el hombre.

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