El regalo del Islam

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Islam es el mayor regalo que puede recibir un ser humano después de la existencia, y junto con ella, una doble bendición.

Islam es el mayor regalo que puede recibir un ser humano después de la existencia, y junto con ella, una doble bendición. Por eso se dice que entrar en Islam es como haber nacido dos veces, y en el modo en que cada persona llega a Islam suele haber una historia sorprendente.

En mi caso, soy de Santiago de Chile, tengo 41 años y fui educado en una visión laicista y orgullosa de mantener una postura crítica respecto a todo, a las religiones e incluso respecto a la mera idea de Dios. De ese modo, la primera confrontación con este posicionamiento lo tuve a los doce años cuando un primo materno −de educación católica−, con quien discutíamos estas cuestiones, enfermó de leucemia, y en pocas semanas lo vi reducido a la condición de niño del Biafra, calvo por la quimioterapia, con la piel casi pegada a los huesos y una mirada que lo decía todo. Ante esta situación, mi madre, una irreligiosa convencida, se volcó sobre estampitas de la Virgen; y ante mi perplejidad, mi padrastro −un gran hombre−, con respeto, a pesar de su ateísmo, me dijo: “¡Es que tiene que haber algo!”.

En un par de meses mi primo mejoró, y aun cuando parecía no tener opciones de sobrevivir ni con un costoso trasplante de médula, hoy es una persona sana que parece no haber tenido nunca nada. Pero a partir de allí se abrieron para mí una serie de interrogantes. Y ya en la adolescencia no podía entender cómo la gente vivía tranquila ante el hecho de que sólo estamos de paso y de que ha de llegar el momento para todos y cada uno de nosotros en el que ya no estaremos aquí.

Entretanto me había interesado por la astronomía −me regalaron Cosmos de Carl Sagan−, y por ella comencé a maravillarme ante la belleza y la vastedad del universo, y a intuir, paulatinamente, que tras esa prodigiosa armonía debía haber una Gran Inteligencia.

A los 16 años me adentré en temas sociales. Era el último período de la dictadura de Pinochet –aunque hoy sabemos que la llamada democracia es sólo un modo sofisticado y menos evidente de tiranía−, y comencé a militar en las juventudes comunistas, hasta que al cabo de dos años cayó la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética −cual un telón de teatro− me dejaron atónito. Poco antes, conocí a un primo paterno retornado de México a Chile para confrontar a la dictadura por la vía armada. Lo admiraba profundamente por su brillantez y su nivel de compromiso, aunque no comprendía cómo tenía esa disposición a la entrega por una causa, siendo que bajo su visión sólo había esta vida y nada tras ella.

Por ese tiempo mi desasosiego aumentó, y, a menudo, por las noches pensaba y sentía la fugacidad de la vida y un escalofrío recorría mi espalda. Esta inquietud me apartó del común de la gente, de sus preocupaciones y de realizar una vida obvia que todo el mundo hacía porque debía hacerla, y en una conversación con un amigo con quien podía tratar estos temas atisbé que si existía un Ser por el cual todo llegaba a ser lo que es, entonces la vida no podía ser otra cosa que una ocasión de encuentro y adoración a Él debidos.

Recién comenzada la universidad no cesaba mi inquietud, por lo que congelé mis estudios y al tiempo partí a España invitado por mi padre, que se había ido a Barcelona cuando yo tenía tres años. El encuentro no fue fácil; sin embargo, fue él quien me dio un último impulso en mi camino de búsqueda (en el que pasé por Nietzsche, Castaneda, el tantra, el zen y el tao) un día que me dijo que ante las vicisitudes de la vida debía ser capaz de orar. Aún recuerdo sus palabras: “Sé humilde, haz como los musulmanes, que se postran ante Dios”.

Y llegó la ocasión en que lo hice, en parte porque no podía con mi vida, que me parecía un sinsentido y una cadena de desaciertos, y también porque un hermano de mi padre, radicado en Francia, al que hacía poco había vuelto a ver, tuvo un accidente y quedó en estado de coma −del que luego se recuperó sin secuelas−.

En ese período con mi padre vimos en TV2 unos documentales acerca de Islam, realizados por Goytisolo, que me interesaron muchísimo; pero entonces pensé que al no ser árabe sólo podía admirar Islam desde fuera.

Sin embargo, un día conocí musulmanes españoles. Por entonces yo trabajaba la orfebrería con mi padre, y creí que ir a una feria de artesanía cerca de Alicante sería una oportunidad de venta. Pero cuando llegamos con mi tío –el de Francia−, y mi novia a Vall d ‘Ebo y vimos que era una feria de tres días pero de trueque y en un pueblito perdido en las montañas, creímos que nos habíamos equivocado; y salvamos la situación vendiendo chapatis con ensalada para obtener gasolina y poder volver a Barcelona. Entonces mi novia me dijo que en la feria había unos musulmanes que venían de Granada y que ofrecían té. Me acerqué a su chiringuito más por compartir un té, ya que en ese minuto no tenía presente otras cosas. No obstante a partir de la conversación me llamó la atención su perspectiva poco corriente acerca de cuestiones políticas. Era el tiempo posterior a la primera Guerra de Iraq. Pero lo que más me llamó la atención fue su crítica a la bancarización de las sociedades en el mundo −asunto del que nada había oído ni en los círculos izquierdistas más radicalizados−, y la sencilla solución que planteaban: acuñar monedas de oro y plata y ponerlas en circulación. Ese fue mi primer encuentro con ellos. La segunda tarde me acerqué nuevamente, pero entonces trataban asuntos espirituales, y un hombre que hacía zapatos conversaba con ellos; pero me dio la impresión de que aunque asentía a lo que le decían los musulmanes, internamente disentía y apenas escuchaba, pensando quizás en no querer cambiar su vida. Yo en cambio aprecié en aquellos hombres nobleza, tranquilidad, sinceridad, elocuencia, elegancia en los gestos, seguridad y prestancia. “Quiero ser como ellos”, pensé. Entonces uno de ellos vio algo en mí, dejó la conversación con el zapatero y me dijo: “¡Tú lo ves claro! Asentí, por lo que me preguntó: “¿Te quieres hacer musulmán?”. Y aunque en ese momento había creencias de los musulmanes que me parecían semejantes a las del cristianismo que yo había descartado antes, pensé: “Aquí hay algo, no sé lo que es, pero lo quiero conocer”, y tragué saliva y dije que sí.

Recuerdo que en el momento en que cogiéndome la mano me tomaban el testimonio por el cual se entra en Islam, sentí que algo me jalaba desde mi condición presente hacia otra dimensión. Eso fue hace 17 años, y a partir de entonces comenzó un camino de aprendizaje, transformaciones y muchos regalos; comenzando por el don de apreciar regalos, siguiendo por el salat, la postración, que es una suerte de talismán contra la ilusión de que un día es igual a otro, y culminando con el regalo de llegar a Islam de la mano de la mejor gente que he conocido, gente de la comunidad de Granada, que a su vez forma parte de una gran comunidad de hombres, mujeres y familias presentes en varios países, que Allah los bendiga a todos.

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